El estreno de La tempestad ocurrió el 1 de noviembre de 1611 ante el rey Jacobo I de Inglaterra, y desde entonces la obra no dejó de generar discusiones sobre poder, libertad y la posibilidad de construir otros mundos. En contextos contemporáneos donde la ultraderecha reduce la libertad a un lema individual ligado al mercado, volver sobre este clásico permite rescatar tradiciones políticas diversas, incluida la experiencia afrodescendiente que convirtió la libertad en una práctica colectiva.
La acción transcurre en una isla bajo el mando de Próspero, un noble europeo exiliado que impone su dominio a través del saber y de la magia. Allí convive con Ariel, un espíritu al que promete liberar, y somete a Calibán, hijo de Sycorax, la antigua moradora de ese territorio. Próspero se atribuye la propiedad de la tierra y de sus recursos, y convierte a Calibán en su siervo. El nativo aprende la lengua de su conquistador, pero la utiliza para maldecirlo y expresar su rechazo a la dominación.
Entre los personajes figura Gonzalo, un consejero que imagina una comunidad sin propiedad privada, sin magistrados ni jerarquías. Su intervención es breve y sus interlocutores se burlan de esa posibilidad. Shakespeare no desarrolla plenamente esa visión de una sociedad alternativa; el resto de la trama devuelve la atención a disputas de poder y a la restauración del orden.
La tradición crítica latinoamericana identificó en Calibán a la figura del sujeto colonizado. A comienzos de la década de 1970, el cubano Roberto Fernández Retamar impulsó esa lectura como aporte decisivo al pensamiento anticolonial. Mientras una corriente, inaugurada por José Enrique Rodó, tendía a privilegiar a Ariel como emblema de la cultura y la inteligencia latinoamericanas, Retamar desplazó la mirada para situar a Calibán, el habitante sometido que aprende la lengua del colonizador para desafiarlo, como el sujeto central de una historia de conquista y dominación.
La lectura resultó necesaria para problematizar las imágenes de salvajismo y descontrol que rodean a Calibán y para convertirlo en un símbolo de resistencia política. Sin embargo, persiste una tensión: Calibán reclama la isla que le fue arrebatada, se subleva y participa de una conspiración para desplazar a Próspero, pero la rebelión no altera las relaciones de poder y la isla permanece bajo el dominio del gobernante europeo. Calibán, convertido en uno de los grandes emblemas de emancipación en la tradición latinoamericana, habita una historia en la que la liberación no llega.
En la misma obra, Gonzalo plantea otra avenida posible para la convivencia. Su idea aparece como un paréntesis crítico dentro del texto, objeto de múltiples lecturas y debates en torno a qué clase de mundo es factible cuando se renuncia a la propiedad y a la jerarquía.



