El Millonario atravesaba una etapa de plenitud que lo acercaba a una deuda histórica: ganar la Libertadores. Su memoria deportiva estaba llena de noches grandes y derrotas dolorosas, y esa noche parecía haber llegado, con un vestuario preparado para las grandes veladas y un aire de revancha contenida. En el pecho, la camiseta blanca con la banda roja reemplazaba a la típica camisa, como señal inequívoca de que estaba ante una ocasión especial. La necesidad de levantar la Libertadores se sentía tan fuerte como cualquier lujo del club.

La historia previa al logro dejó claro cuántas veces River intentó alcanzar ese sueño. En 1966, en Chile frente a Peñarol, la final parecía ganada con un 2-0 parcial, pero un vendaval uruguayo dio vuelta el resultado y dejó la herida abierta. Entre Those glories y caídas, aparecieron nombres icónicos: Ermindo Onega, Amadeo Carrizo, la delantera integrada por Cubilla, Daniel Onega y Pinino Mas. Dos décadas después, en la investigación de otra consagración, se asomó una tercera final en Santiago ante Cruzeiro, con un equipo diezmado por suspensiones y lesiones, pieza por pieza deshilachándose en el camino.

La ruta hacia la Libertadores de 1986 tuvo su propia cronología de conquistas. En 1975, River había logrado un doblete local, con Pato Fillol custodiando el arco, la zaga firme con Perfumo y Passarella, y un mediocampo encabezado por J.J. López, Merlo y Alonso, con Luque aportando goles y criterio. En 1976, la presión de una final en Chile ante Cruzeiro dejó jirones en la formación y dejó al equipo con lo justo para luchar otra vez. En ese marco, termina la década con un River que miraba el horizonte de la Libertadores con la convicción de que, tarde o temprano, llegaría.

La era Veira comenzó en septiembre de 1984, tras el ciclo de Cubilla de apenas ocho meses. El equipo vivía bajo la sombra de los promedios y Roque Alfaro ya había arribado a inicio de ese año como parte de la reconstrucción. El debut de Veira no fue auspicioso: perdieron ante Vélez como locales. Al día siguiente, el entrenador reunió a los jugadores para entrenar y constató el desgaste del plantel; en vez de rendirse, empezó a trazar una nueva hoja de ruta desde el pizarrón, marcando el camino para un River que aspiraba a otra clase de gloria.

La campaña de 1986 terminó por coronarse en una noche de lluvia en el Monumental, con el gol inmortal de Juan Gilberto Funes. Fue una demostración de que, con un grupo compacto y un liderazgo claro, River superó años de frustraciones y cerró una historia de deudas que ya no tenía lugar.