La historia reciente del fútbol argentino está marcada por una constelación de ajustes en su formato competitivo. En 2012, la AFA, bajo la gestión de Julio Grondona, dispuso tres descensos y eliminó las promociones. Dos años después llegó un torneo semestral de transición y, en 2015, se inauguró un campeonato con 30 clubes. A partir de entonces, apareció el desafío de encajar a tantas instituciones en un esquema que, en una vuelta, sería corto y, en dos, demasiado extenso.
En 2016 nació la era de dos zonas de 15 equipos. Claudio Tapia, que asumió la presidencia en 2017, dejó en claro su objetivo de reducir la cantidad de clubes en Primera. Con un sistema de cuatro descensos por temporada, la Primera terminó contando con 24 participantes. Sin embargo, la pandemia cambió el tablero: se utilizó como excusa para suspender o eliminar los descensos no solo ese año, sino también el siguiente. En 2023 se modificó nuevamente: hubo dos descensos en pleno campeonato, en lugar de tres, y en 2024 se decidió directamente no descender cuando faltaban meses para cerrar la temporada. Así, la idea de una bajada de categorías quedó fuera del radar por un lapso.
Con los 30 clubes reunidos de nuevo, surgió otra dificultad: ¿cómo incluir a tantos equipos sin convertir el torneo en una maratón o, por el contrario, en una competencia corta y poco seria? 2024 fue el último año en que convivieron un formato de todos contra todos con una Copa dividida en zonas y definiciones en un plazo breve. El largo plazo dejó de interesar y emergió la premisa de premiar una victoria veloz: cualquiera podría convertirse en campeón si se dan las condiciones adecuadas.
El debate dio un giro adicional: la posibilidad de llamar al proyecto una “liga” y nombrar, para este año, a un campeón de la tabla anual. Con esa idea, el título recibió críticas y dudas, pero la dirigencia insistió en reformular el formato para que el campeón realmente haya enfrentado a todos los rivales.
Hoy, con 30 clubes en juego, la conversación entre los directivos de la Liga Profesional continúa. Hay discrepancias sobre la conveniencia de bajar equipos y sobre cuánto peso asignar a parches de corto plazo frente a una planificación a largo plazo. En la práctica, la parálisis y la resistencia a cambiar números han moderado cualquier decisión definitiva, dejando al fútbol argentino en un estado de transición sostenida.



