Desde la ciudad costera de Qinhuangdao, en la provincia de Hebei, la Muralla China se extiende hasta el horizonte junto al mar Bohai. En ese punto exacto nace la apertura de la Gran Muralla, que mide 21.196 kilómetros, y recibe el nombre de Laolongtou, que significa Cabeza del Viejo Dragón. Es el único tramo que enlaza la gran defensa con el agua y con las montañas, dejando a la vista un paisaje que parece vigilar la marea.

Con más de dos mil años de historia erigida sobre esa arena, Laolongtou es hoy un polo turístico, pero en la antigüedad formó parte de una de las defensas más importantes de la dinastía Ming. En esa dinastía se construyeron 223 kilómetros de fortificaciones solo en esta región, consolidando una frontera estratégica y, al mismo tiempo, un lugar de contemplación para emperadores, generales y ministros que buscaban estudiar el horizonte y planificar estrategias de gobierno.

Fue aquí donde llegó Qin Shi Huang, el primer emperador de la China unificada. Su obsesión por la longevidad lo llevó a recorrer las costas en busca del elixir de la inmortalidad. No halló la fórmula de la vida eterna, pero sí logró unir los reinos en el año 211 a. C. y conectar las murallas de los antiguos estados para dar forma a una gran muralla defensiva que arranca en el litoral y llega hasta el desierto de Gobi, en la provincia de Gansu. A lo largo de los siglos, esa frontera de piedra adquirió relevancia como eje de la Ruta de la Seda, que conectó Oriente y Occidente a través de esa región.

La ciudad de Qinhuangdao lleva su nombre en homenaje al gran emperador. Cerca de Xi’an se emplaza su mausoleo subterráneo y los Guerreros de Terracota, unas 8.000 estatuas a escala real de soldados, caballos y carros, que en 1987 fueron declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO. En su búsqueda de la vida eterna, Qin Shi Huang intentó consultar a alquimistas y sabios taoístas; algunos relatos señalan que le sugirieron mercurio como remedio para prolongar la existencia, una idea que, según especialistas, podría haber contribuido a su muerte.

Aunque su dinastía duró apenas 15 años, el propio Qin Shi Huang dejó una huella decisiva en la historia de China. En la voz de Jorge Luis Borges, la muralla y la relación entre imperio y memoria han sido objeto de reflexión, mostrando cómo el símbolo de la frontera atraviesa el tiempo y la memoria colectiva.