Roque Raúl Alfaro, hoy con 70 años, atraviesa una etapa marcada por tres frentes: una vida deportiva que le dejó títulos y recuerdos imborrables, y dos grandes batallas de salud que casi lo terminan de inclinar. Tras sufrir cáncer de estómago y de colon, y enfrentar una trombosis pulmonar que estuvo al límite, pasó por el quirófano con 74 kilos y salió pesando 57. Su relato, que mezcla orgullo y humildad, se sostiene sobre una memoria sorprendente y un tono sobrio.
Su trayectoria en el fútbol fue prolífica. Fue campeón en competiciones locales, continentales y mundiales con River, y se destacó como una figura clave en un Newell’s que logró un título con un plantel íntegramente formado por canteranos. Alfaro se describe como un volante de alcance, capaz de recorrer toda la cancha, y recuerda que, en su época, lo que importaba era iniciar y terminar las jugadas. En River, admite haber dejado de ser enganche para convertirse en una pieza de apoyo por la banda izquierda, afinando su juego para encajar en el esquema del equipo.
Los recuerdos que lleva son, para él, la esencia de su historia: la infancia en Nogoyá sin padre, las enseñanzas de Griffa y Yudica, y episodios que hablan tanto de admiración como de incomprensión. Por ejemplo, señala que, en una puerta que no se abrió para él en su momento, quedó esa sensación de que “el de arriba” no empujó para facilitarle el camino. A la vez, recuerda gestos de reconocimiento, como el homenaje que recibió cuando tenía 47 años y ya llevaba más de una década fuera de las canchas: el 3 de noviembre de 2003, durante la celebración de los 100 años de Newell’s, recibió el abrazo de su hijo Roque y una afirmación que le dio impulso para seguir adelante.
Entre las anécdotas que comparten quienes lo rodean, Alfaro menciona a los entrenadores Griffa y Yudica como maestros formativos. Refiere también curiosos regalos de Miguel Rodríguez Orejuela, vinculado al cartel de Cali, como ejemplos de las distintas historias que rodearon su carrera. En otro plano, recuerda la famosa “vuelta olímpica más rápida de la historia” en la Bombonera, cuando recibió dos gallinas vivas arrojadas desde la popular como parte de una escena que quedó en la memoria del fútbol argentino.
El perfil de Alfaro no se limita a los grandes nombres. Rememora cómo era Scaloni cuando compartió la sexta de Newell’s y, en infantiles leprosas, cómo Messi ya coexistía con su hijo Roque, dejando constancia de un pasaje generacional que une a varias generaciones de fútbol. Su vida, presentada en formato de un conjunto de 100 preguntas, se despliega con entusiasmo y una sonrisa que acompaña cada recuerdo, dejando en claro que su filosofía pasa por la gente y por los principios heredados de su madre.
Hoy, Alfaro continúa mirando hacia adelante, destacando que lo más importante es vivir con integridad y con la convicción de que el fútbol dejó una marca indeleble en su identidad, más allá de los golpes y las recuperaciones que enfrentó a lo largo de los años.



