Nancy era una maestra que convertía la enseñanza en una experiencia de valentía. Su labor consistía en enseñar a escribir desde la acción: nombrar las cosas con claridad y hacer cuerpo con ellas. En su visión, la escritura funciona como un antídoto frente a la crueldad que persiste en el mundo.

La curiosidad y el aprendizaje dependen de que algo nos importe, y de que alguien se importe con nosotros. Esa inversión afectiva es previa a cualquier conocimiento: sin afecto, la vida corre el riesgo de perder sentido. Por eso, enseñar implica entregar sentido y tiempo, no sólo contenidos; la existencia deja de ser mero subsistir cuando hay un saber que da nombre a lo vivido.

Hoy, en tiempos difíciles para habitar la vida, una parte de nuestra humanidad quedó estancada junto al cuerpo de Nancy. Pero otra parte de ella continúa respirando entre nosotrxs cada vez que nos acercamos a escribir estas líneas, con el pulso aún tembloroso ante la noticia.

Qué manera noble de alfabetizar: reconocer que el alfabeto puede orientar rumbos y abrir una voz para lo que el silencio aprieta y silencia. Así lo entendía Nancy, que convirtió la escritura en una acción concreta para sostener la dignidad de la palabra.

La poeta y docente Marie Gouiric recogió una idea sobre la enseñanza en condiciones de carencia: no basta con alimentar para enseñar; la experiencia de aprender hay que contagiarla con un vínculo humano, con un arco que conecte corazones. Nancy dio esa trayectoria: enseñó con el corazón entero, construyendo puentes y, sobre todo, diciendo lo que otros callan.

Nancy vivió para enseñar; su entrega creó un arco iris de significado a partir de su compromiso, sin rendirse ante la censura o el miedo a hablar. Madre de esa convicción, no aceptó silencios impuestos y enfrentó las palabras con firmeza.

La violencia terminó con su vida y, en su grado más brutal, la dejó tirada como desecho. El cuerpo, en su lenguaje seco, denuncia las crueldades que sufrió; y la escritura de Nancy, plasmada en una carta escrita a mano, continuará hablando. La experiencia de las mujeres, como testimonio que cruza siglos y fronteras, funciona como una tecnología de resistencia: una forma de cifrar la potencia de un género que se ha puesto al servicio de la verdad y de la vida, incluso ante la violencia.

La crueldad insiste en presentarse, pero las palabras de Nancy y la memoria de su labor educativa se sostienen para recordar que la educación puede desafiar la violencia y sostener una vida con sentido. En su memoria, se reafirma la necesidad de una enseñanza que valore a cada persona y que, a través de la escritura, proteja la dignidad y la vida.