En el velorio de Charlie Feiling, el autor se aparta para conversar con la memoria: Feiling le aconseja no hacer demasiados lazos, porque la vida se encoge cuando la gente se va. El relato retrocede a la juventud y a la certeza de que la edad va agudizando la sentido de las ausencias, que se vuelven ideas, gestos y humores que regresan como una marea imparable. En ese vaivén de recuerdos, las imágenes del pasado caben como una respuesta al dolor: pueden ser tristes, pero también sostén para seguir. Sobre ese cimiento, el autor evoca el poema de Mario Trejo, “Orgasmo”, y la idea, quizá provocadora, de que la vida podría entenderse como un proceso de intensidad continua.

A mediados de la década del sesenta, Noé Jitrik ya había publicado Addio a la mamma. La cubierta, obra de Ronald Shakespear, mostraba una matrona sepia y un aire de fotografía antigua; entre líneas, insinuaba una afinidad con Pavese y su tono de devastación contenida, con versos que apuntan a la paciencia, al desmoronamiento y a la memoria que se apoya en la experiencia.

La trayectoria de Jitrik fusionó un acercamiento temprano al populismo con una curiosidad intelectual que lo llevó a estudiar a fondo la Francia de Derrida, Barthes y Lacan. Sus trayectorias teóricas, que atravesaron la orilla del Río de la Plata y la centralidad de Córdoba, se alimentaron de una pasión por las ideas y la escritura como instrumento de análisis y crítica. El recuerdo señala un encuentro probable en la década de los setenta, durante la presentación porteña de Hortensia, una revista cordobesa de humor que irrumpió con una brisa desde el interior del país. En esa reunión participaban figuras destacadas del ámbito intelectual, y para el narrador, la diferencia de edad y la admiración mutua dificultaban el trato directo, aunque más tarde Jitrik se convertiría en maestro en la cátedra de Letras en una etapa de efervescencia democrática breve.

La memoria también sitúa a Urondo como director de la cátedra, y el hecho de que un poeta fuera titular allí se recibió como una muestra de la posibilidad de pensar la escritura desde la acción compartida. Desde su rol docente, Jitrik proponía lecturas que cruzaban fronteras y estilos, incluida una lectura de Cien años de Soledad desde una perspectiva que evocaba a Bachelard, abriendo un marco para entender la novela de García Márquez a través de la epistemología y la imaginación.

En ese cruce entre amistad, academia y militancia literaria, la conversación recuerda la influencia de Noé Jitrik en la escena cultural del país: un referente que, entre ritmos de velatorio y diálogo crítico, siguió marcando líneas de lectura, enseñanza y vínculo con sus pares.