Vivimos en una era en la que casi todo sucede en tiempo real: podemos rastrear una compra desde su salida de depósito hasta la entrega en la puerta, verificar cuándo se acredita una transferencia y acceder a información actualizada de casi cualquier tema. Esa velocidad nos hizo acostumbrarnos a respuestas rápidas y a tolerar cada vez menos la incertidumbre.

Al volver a casa, ingresar al edificio nos recuerda un ámbito central de nuestra vida donde, a veces, parece que retrocedemos en el tiempo y la eficiencia no es la misma que en otros contextos.

En los consorcios persisten situaciones que, en otros contextos, serían difíciles de justificar: no está claro cuándo se resolverá una reparación y, a veces, no se entiende por qué se tomaron decisiones que impactan directamente en el lugar donde vivimos. No es un tema menor: tres de cada cuatro porteños vive en edificios. Es, para muchos, también una parte importante de su patrimonio.

Por eso la conversación sobre inteligencia artificial cobra relevancia al mirar la vida en comunidad. Antes de preguntarnos qué tan inteligentes pueden ser las máquinas, conviene definir qué entendemos por inteligencia en un edificio. La inteligencia real se mide por la capacidad de entender lo que está ocurriendo antes de que surjan problemas: se da cuando una comunidad puede anticiparse, hay confianza y la información circula con claridad.

Según Albano Laiuppa, director de ConsorcioAbierto, en el horizonte aparecen sistemas que avisen de antemano qué mantenimiento conviene realizar para evitar una falla costosa. Durante años, las señales necesarias para construir esa inteligencia estuvieron dispersas: un reclamo en un correo, una observación en una asamblea, facturas archivadas entre cientos de expedientes o consultas que parecían inconexas.

La tecnología dio un salto importante: los sistemas de gestión permitieron ordenar documentos, centralizar procesos y mejorar la comunicación. Fue un avance clave porque convirtió información dispersa en información disponible; lo novedoso es que, a la vez, la tecnología empieza a ayudar a interpretar lo que esa información significa.

Hoy, las soluciones basadas en IA ya pueden gestionar facturas, asistir en conciliaciones bancarias y redactar comunicados. Tareas que durante años consumían tiempo y estaban expuestas a errores se están automatizando. Lo más destacado es que esta transformación recién empieza.

En los próximos años veremos sistemas capaces de advertir qué mantenimiento conviene realizar antes de que aparezca una falla costosa, detectar consumos fuera de lo habitual, identificar problemas que se repiten y ayudar a entender con mayor precisión cómo determinadas decisiones pueden afectar las finanzas y la cuidado del edificio. Muchas de esas tareas seguirán requiriendo supervisión humana, pero estarán acompañadas por la inteligencia artificial que complementará la gestión diaria.